Días de lluvia

Cada año la lluvia de la Ciudad de México cambia, es más agresiva, retuerce el aire que respiramos, que nos acaricia, da un golpe contundente y se va para regresar al día siguiente o un rato después. Cada año es más parecida a una bestia berserker que a un fenómeno de la naturaleza. Para Luis, antes era una oportunidad para sacar más dinero a las aplicaciones de repartición como Rappi o Uber. Ahora la lluvia no representa nada más que una molestia que hace más peligroso el trabajar en la ciudad. Un charco puede significar una herida, días de trabajo perdidos o símplemente, una incapacidad y el fin de la carrera. En todos estos años ha sido muy cuidadoso con el agua, la lluvia no ha representado mas que peligro, como un océano turbulento que yace sobre nuestras cabezas, un dios que no le importa la vida de abajo, sino para crear más vida.

Sin embargo, la lluvia también arrastra episodios optimistas. Luis me contó que una de las mejores lluvias tuvo una conclusión buena: un cliente, hospedado en un lujoso hotel sobre Paseo de la Reforma, circundante al mal llamado Ángel de la Independencia, después de una fatídica lluvia. Aquel cliente le pidió varias cosas de una farmacia cercana. Lubricante, preservativos, pastelillos y pastillas para el buen aliento. «Ese wey va a tener una buena noche», le dijo al trabajador de la farmacia, quien en ese turno se encontraba solo, así que pudo reír a la afirmación de Luis.

Luis esperó a que la lluvia bajara un poco. Le avisó al cliente, quien comprendió perfectamente la situación, como la gran mayoría. Muchas veces sus clientes dan la impresión de que son monstruillos sin sentimientos que prefieren la satisfacción de sus ordenes y que la empresa les cumpla con la vida de los mismos repartidores, pero con el paso de los años, han llegado a entender que estos mismos son vidas y esfuerzos titanicos para llevar pan a sus mesas.

La lluvia bajó, el poco granizo que cayó sobre el asfalto se fundió con el calor de la primavera, la bestia le avisaba al asfalto que su hambre de violencia estaba saciada. Luis montó a su bicicleta 700 que recién compró unos meses antes por Mercado Libre y subió por la calle de Florencia, mirando como los transeuntes mexicanos, norteamericanos y de todas las nacionalidades salían de las salientes, de los negocios y edificios contiguos para continuar con su andar, entre charcos, cañones que vomitaban chorros y tenis costosos que no querían ser empapados.

Cruzó entre charcos, automoviles desesperados, camiones turisticos de dos pisos y otras bicicletas cuyos dueños subían sus pantalones sobre el calcetín derecho. Contempló de reojo el mal llamado Ángel y le pareció ver que sobre las solidas planchas que servían de valla de contención, el cielo se llenaba de volutas, con ebras sueltas como el algodón puro. Me contó que detestaba el empedrado de esa parte de la avenida, ya que además de incomodar con su golpeteo en la bicicleta, mucha de la comida que transportaba se revolvía o hasta podía saltar de los embalajes.

Al inicio de la proliferación de los servicios de delivery y su consumo masivo en el centro poniente de la Ciudad de México, muchos negocios, además de que preparaban el pedido al momento de que el repartidor llegaba y lo solicitaba, embalaban mal, lo cuál trajo demasiados problemas a negocios, repartidores y consumidores por igual. Los embalaban de una forma un tanto precaria, como si el repartidor tuviera que caminar a pie dos o tres cuadras, cuando eran negocios, por ejemplo, en Roma Norte y el pedido debía ser entregado hasta Alto Polanco. Según las aplicaciones y los negocios, era responsabilidad del repartidor, pero este debía lidiar con trafico, clima, mochilas que ellos mismos debían costear y que muchas veces no daban para mantener estables los productos líquidos que debían transportar hasta por 4 o 5 kilómetros de tráfico violento entre semana.

Afortunadamente tanto los negocios como las aplicaciones se percataron de esto y se exigieron embalajes mejor hechos, resistentes, que sólo tuvieran que ser depositados en una buena base, como una mochila o una parrilla y resistieran largos tramos con una inclinación hasta de 45 grados. La Nike dorada que alumbra diariamente una de las arterias de la capital fue testigo de muchas de las victorias que las y los jóvenes, adultos y hasta ancianos que trabajaron y trabajan en estos servicios, ya que todos nos volvimos consientes del trabajo y sacrificio que realizan en las calles.

Luis llegó a la entrada del lujoso hotel donde estaba su cliente. Encadenó su bicicleta en una de las barras para bicicletas que estaba a unos metros. «Si hay de estas en la calle, es una calle que acepta a las bicicletas y a los ciclistas. Si no, es una calle que los desprecia», pensó con toda su experiencia en las calles. Sacó los productos del cliente y los depositó en una bolsa de tela que traía, ya que no le habían dado aún de las bolsas de plástico que reparte la empresa. Se acercó a la entrada principal del hotel mirando el escaparte de una tienda de ropa, de la cuál siempre le gustó una chaqueta purpura con motivos mexicanos que exponían en el escaparate desde los tiempos de la pandemia. Le avisó al su cliente por el chat de la aplicación que ya lo esperaba (y a sus instrucciones) en la entrada, limpiando sus pies en el tapete contiguo a la puerta automática, donde los botones y seguridad esperaban rectos, pero familiares a una tarde lluviosa.

El cliente respondió a los minutos. «Ya bajo. Muchas gracias.» Unos minutos después, un apuesto hombre moreno, bien vestido y con rasgos de Asia central se acercó a Luis. Tenía buen porte y su sonrisa manifestó una familiaridad entrenada, pero a la vez natural. Estaba cómodo, a diferencia de Luis, que notó que el cliente miró su bolsa de tela con sus productos.

«Ay, no tienes bolsas de Rappi», dijo el cliente. «No, no me han dado nuevas, no he encontrado dónde las dan», respondió Luis, tragando un poco de saliva. El cliente tomó la bolsa de tela con sus productos, echó un vistazo rápido y se la colgó cruzando el brazo en el asa. «¿Tú crees que esto pueda compensar que me quede con la bolsa?», le dijo sacando un billete de 500 pesos de su cartera. Luis tomó el billete azul y opaco. «¿Está seguro?», le preguntó sin creerlo. Tomó el billete y agradeció doblándolo con un movimiento de la palma de su mano. El cliente le sonrió y se retiró, mientras Luis se dirigía a su bicicleta estacionada. Nunca había recibido tanta propina en los años que llevaba trabajando. Con eso costearía una parte de la deuda de tarjeta de crédito de ese mes. Comenzó a chispear desde el cielo.

Música para escuchar todos los sonidos del mundo o cómo tomar café una mañana de lunes

Vamos a pensar que esta mañana inicia el mundo, un lunes, con una tasa de café caliente y una ligera resaca. Desde la resaca y el café el mundo tiene otra perspectiva. Hay un poco de jazz improvisado que suena por los parlantes de mi pantalla. El café se desliza por mi boca, por mi lengua, me tienta los labios como cuando un beso es lo suficientemente delicioso para recordarlo. Mi cabeza ya no punza, sigo en vivo y el saxofón matutino remolinea por el aire que me dice que al rato va a llover.

Ahora siento las teclas bailar en mis dedos. Uno, dos, click clack, un compas aun en la improvisación. A veces creo que solamente tengo unas cuantas cosas en la vida: mis palabras, mi mamá que me espera con una comida caliente y portando una sonrisa y mis gatos que maúllan por toda la casa. La vida es todo un caso por resolver y como todos los buenos detectives, se toman un tiempo en descifrar el misterio, con un cigarro, alcohol(ismo), y una gran tasa de café caliente que no hace más que hablarles de la ansiedad que es estar en casa por una mañana o en las calles de noche.

Allí viene el piano, hay que salir a trabajar en un rato más. Suena un perro que es paseado por las calles , que ruge a la ves no sé qué, algo lo suficientemente vivo para provocarlo así. Es tan real, mucho de lo que se ve es real: las deudas, el tener que checar la información y los problemas de mi seguro social y que no coincide con mi CURP. Lo único que me queda, al final, es escribir. Tenía tanto tiempo que no golpeaba estas teclas y se siente tan bien, como un llanto ebrio o un orgasmo en la misma cama donde me han amado y he amado.

Un solo de contrabajo resopla en el misterio de cada mañana: escribir o no escribir, el quitarme la vida o dejar que vaya sola y desperdiciarla como una tasa de café que ya no me complace… que me ha dado suficiente de su ansiedad. Cada mañana me levanto, a veces con resaca, a veces sin ganas de pararme de la cama porque es demasiado hermoso el estar entre las cobijas, palpando con las plantas de mis pies su ternura. Aquí está bien, es dulce, pero quiero ir al baño para complacer mis necesidades físicas. Le doy gusto a mi cuerpo. El café huele por toda mi casa. Hay jazz en el aire. Es una buena manera de despertar. Porque los días y los años y hasta el viento son una improvisación muy hermosa que lleva un compás al que todos bailamos, en el que todos golpeamos las teclas.

Allí está el sol y Noelia diciendome cada momento, desde hace días, que me ama. Me llamo casi igual que ella, Noel. Noel de Giralda. Vaya nombre para un detective improvisado que cada mañana prefiere el golpear las teclas que ir a resolver el caso que cerrará todos los casos. Prefiero muchas veces salir en mi bicicleta y hacer un poco de dinero para comer, embriagarme, pagar las cuentas y escuchar la voz de Noelia. Su piel morena como el café peruano más tierno y cálido, su voz como azucar morena. ¿Qué hice para merecer tal amor? ¿cuál fue mi crimen? Me gusta la prisión del viento en las calles, el volar con dos ruedas entre los pies, comer la comida caliente de mi mamá una vez a la semana, la batería en un solo improvisado. ¿Para qué necesitamos tantos planes, dinero y tener el control total de nuestras vidas? Da miedo, ese control de verdad da miedo. Un caso para resolver todos los casos, un amor para tener todos los amores, el viento para volar por todos los caminos, el jazz para escuchar toda la música. ¿Qué más necesito?

Afuera de mi ventana no hay muchos sonidos. Tal vez alguna motocicleta o un camión que golpea el asfalto con sus terribles ruedas. La ciudad lleva un rato despierta pero aún no se despereza lo suficiente para cantar, improvisar algo, dejar se sentirse sola. Yo solo golpeo las teclas porque en un rato debo salir a resolver casos, ganar un poco de dinero, recordarle a Noelia que la amo todas las mañana y todas las noches, hacer que la vida valga la pena.

Creo que este mes se cumple un año de que el Cuervo tocó un solo por última vez antes de lanzarse entre las notas y compáces al vacío musical eterno. Él veía muchos isekais, así que seguramente ahorita es el héroe de algún reino lejano, en otra realidad, donde lucha por algo que vale la pena, no el vacío de pagar deudas o buscar la satisfacción que te regalaron desde que eras pequeño pero nunca es tuyo, nada es tuyo, siempre quieren que lo tuyo sea lo que los demás quieren y eso da miedo. En su isekai no siente miedo, sino que él es la razón de la existencia y salvación de un mundo que no tiene nada que ver con esto, con las calles, con occidente, con el siglo XXI, el amor que no se cumple, la cuenta que no termina de pagarse.

Creo que ya viene Noelia. El agua se ha calentado y quiero ducharme, quitarme esta mañana de lunes para empezar la semana en la que quiero explotar(me). Yo no elegí esto, me dijeron que debía hacerlo, pero improviso y la vida y el tiempo, además de escurrirse, me indican un camino incierto y lleno de neblina. Quiero escuchar la voz de mi madre para que me calme y me diga que todo estará bien, que Noelia me diga que me ama y que tal vez, tal vez, tal vez me convenza de que existe la posibilidad remota de que soy un buen hombre y la improvisación con bajo, batería, saxo tenor, ha valido un poco la pena, que el tiempo y el viento que se escurre entre las teclas que golpeo ahora lo valen y la memoria no es ya el peso absoluto que me aplasta.

Un sorbo más de café, negro, caliente, al medio día y tal vez algún otro día haya un isekai al que pueda ir.

Buenas tardes.

El vuelo

I

Era muy entrada la madrugada, ningún automóvil ni peatón a la redonda. La luna iluminaba tenue con una sonrisa los pocos rincones oscuros que la luz de la luminaria no invadía. Él, con anterioridad había rodado a esas horas para calmar la ansiedad que lo mordía, saliéndose de su casa sin que nadie lo notara, con todo su equipo puesto: una vieja mochila de bicimensajería, percudida pero resistente, su bicicleta de piñón fijo a la que recién le había cambiado la tijera que rompió haciendo caballitos, unos Velosamba gastados, sus calcetas de colores con los elásticos flojos. Sobre su casco, el viento acariciaba suavemente la ciudad en la madrugada fresca con una brisa que refrescaba el intenso calor.

Fue su último vuelo por la madrugada. Quién sabe cuánto tiempo estuvo allí solo, hasta que un motociclista anónimo, seguramente regresando a casa de una buena noche de trabajo o fiesta, lo encontró en silencio. Alarmado, el motociclista marcó al 911 para reportar el cuerpo que había caído del cielo nocturno con una cuerda en su cuello, atada a un puente, la cara recargada sobre el muro, plumas negras invisibles meciéndose con el viento y algunas volando por la noche antes de posarse en la avenida Reforma, donde había trabajado por años entregando comida y paquetes, usando sus piernas, impulsándose suavemente con sus alas, embestido varias veces por la estupidez de las cuatro ruedas.

Su corazón, detenido, finalmente se calmó; las palabras, con las que su mente y su corazón lo azotaban desde hacía años, cesaron cuando su aliento se detuvo, sus pulmones exhalaron una última vez antes del dolor de regresar a la noche. Es necio preguntarnos qué fue lo último que vio en su corazón, de los ojos que se le nublaron, de la noche que lo cegó antes de la calma perpetua.

Entre sus lamentos diarios que compartía en sus estados de WhatsApp, llegaba a mencionar a su madre, que partió en vuelo cuando él aún era pequeño. Ese fue el medio de expresión para llamarnos la atención a todos de la condición de su corazón y de su mente, de su desilusión por las mujeres, por el trabajo que tanto quiso y al que tuvo que renunciar, por su insatisfacción por el amor humano a las cosas y las personas.

Un gran operativo policiaco se movilizó a su alrededor antes del amanecer. Lo que se encontraron los policías al llegar fue un retrato torcido, oscuro y violento de su dolor silencioso que fácilmente pudo haber sido confundido con una narco ejecución en la capital, una semana después de las elecciones nacionales y locales. Teorías y sospechosos no faltaron, pero poco interés para resolver la incógnita. Las notas y cápsulas noticiosas de la mañana y tarde del Día del Padre mencionaron al ave negra que colgaba del puente como un desconocido, un misterio, uno más de los retratos violentos de esta ciudad y sus largas noches.

Yo me enteré ese mismo domingo, en la combi que me trajo de regreso a la ciudad directo del centro de Chalco. Desde hace años dejé de ver los noticieros que siempre reportan, con una indignación falsa y una estridencia de película de acción, notas de mujeres muertas y asesinatos a mano del crimen organizado. Un compañero me mandó un mensaje por WhatsApp preguntándome si estaba disponible para atender una llamada. Preferí el audio (traía mis audífonos puestos), pero me mandó un texto breve. Mientras en mi pantalla aparecía la leyenda «Escribiendo» entres puntos suspensivos, automáticamente pensé en el ave negra, en si estaría bien. Yo ya estaba listo para la noticia. El mensaje y tono de mi amigo era serio, poco común en él.

«El Cuervo ya no está con nosotros», dijo breve, adolorido. No me sorprendió. Un minuto después vi que mi combi había llegado al metro Canal de San Juan. Sentí las palabras, la noticia, la realidad caer sobre mi corazón como un ladrillo que te golpea y se desmorona en pedazos más pequeños que te rasguñan. Bajé de la combi confuso, caminando lentamente a la casa de mi tío para ver el estreno de la nueva temporada de La casa del dragón. Lo primero que dije fue «Puta madre, Cuervo».

En los años pasados ha sido común enterarme de la partida de amigos y conocidos. Mientras más viejo te vuelves, se vuelve más común, pero no personas tan jóvenes, no amigos que hace meses viste y no esperabas que fuera la última vez. Un maestro de literatura en la universidad me preguntó que si había perdido gente en el transcurso de mi vida. «Mis abuelitos», le respondí. Con su reconocida energía y simpatía, tacto y jocosidad espontáneas me respondió con una verdad que se validaría con los años: «Es que es usted muy joven. Yo he dicho adios a amigos, familiares, conocidos, amores».

La conmoción se quedó en esa madrugada. Miles de corredores, ciclistas, familias paseantes anduvieron esa mañana sin sospechar nada de la muerte del Cuervo, del susto que le metió a la policía y a los medios, el espectáculo macabro con luces rojas y azules. La tarde del domingo y los días subsecuentes hubo un excelente clima, como la calma antes de las tormentosas lluvias que nos caerán de aquí hasta diciembre, la frescura después del calor agobiante que nos azotó por meses. El día de su funeral se organizó una rodada en su memoria. Ese día me tocó trabajar por el norte de la ciudad donde el clima es seco, casi no hay árboles y las industrias se han dado vuelo secando el ambiente. Pero como un recuerdo de lo cálida y fresca que era la compañía del Cuervo, así lo fueron sus días que nos regaló la ciudad y posiblemente su alma. Una tregua para su corazón, una tregua para los que lo recordamos aún.

II

Hola, viejo amigo:

Ya han pasado varios meses desde la última vez que despertaste en la noche de esta ciudad para hacer tu último y glorioso vuelo. Como dijo tu mejor amigo a lado de tu ataúd, te fuiste como todo un rockstar. Aquí seguimos nosotros, aquellos que te miran descender como un ave negra que nos visita y hace sonreír ocasionalmente con tus graznidos entre la hierba, pensando en ti y tu legado. No se puede hablar de ti sin mencionar la tristeza que te invadió, que nos come un poco en las mañanas repetitivas, en la soledad, en lo cansados que estamos de trabajar por unos pesos en empresas que no se interesan en la más mínimo por nosotros, por nada.

¿Cómo fue mirar el abismo? ¿Fue como mirar un agujero negro que hasta la luz devora o una luz que calma todas las sombras que tenías dentro de ti? Esas sombras que solamente uno siente y nadie más puede ver, que nos acechan en cada esquina por los días de los días. Cansancio es lo que provocan a la larga, un laberinto de calles y automóviles. Confusión en las horas más densas, cuando uno no tiene a dónde ir ni a quién buscar.

Tú, amigo, fuiste la segunda persona que en ese me rompió el corazón. No te odio por eso, a nadie realmente. Ya ves, el dilema del puercoespín, como mencionamos esa vez que hablábamos de Evangelion. Y en el momento que te escribo estas palabras, mi corazón sigue roto y las nubes me envuelven como las últimas semanas oscurecieron el cielo de la ciudad.

Afortunadamente el cielo se ha limpiado, los volcanes se ven en el oriente y los atardeceres son cálidos un poco antes de que el frío otoñal haga que saquemos suérteres y chamarras. Y aunque el clima sea favorable, los recuerdos, la nostalgia de los que ya no están, pero aún siguen viviendo en la ciudad o en el mundo, me muerden con la fuerza del primer día. Esos viejos amores que no están, como dice la canción de León Gieco. En nuestra memoria, que revive fantasmas y nos hace buscar donde ya no tenemos nada más que esperar porque hay días, hay días, hay días en los que símplemente uno carece de tanto y carga con mucho más de lo que no necesita…

Se siente uno tan solo con la persona amada al otro lado de la línea del metro pero sabiendo que no puedes ir allá, que difícilmente encontrarás de nuevo amor allí en sus brazos, viejos amigos que te ven pasar y son completos desconocidos cuando un día compartieron un vino y un habano.

A todos nos ha pasado por la cabeza dejarnos caer del cielo como tú lo hiciste esa noche, suspirar una última vez cuando el alcohol hace más hermoso el mundo desde las venas de tu cuepo, cuando el agobio y el peso del trabajo y la rutina te rompe día tras día en un naufragio. Pero, ay amigo, aún así he andado por las calles con los rincones más lindos y misteriosos que en otras circunstancias laborales nunca hubiera visto, los atardeceres dorados y dulces regresan y regresan cada año para saludarnos e invitarnos a una noche fresca, las lluvias que todo lo arrastran se acaban y vienen las flores y la calidez que abraz. Tarde o temprano vienen amores que nos devuelven la sonrisa, despejan nuestros corazones, que hacen que florezca la vida y no exista el dolor.

Pienso en que ya vienen los días de muertos y estoy buscando una linda foto para poner en mi altar y prenderte una vela. Viene la añoranza de diciembre y el deseo de estar contigo para tomar un refresco, hablar de piezas de bicicleta, animés isekai y las chicas de poco pecho que tan loco te traían.

Como Sam le dice a Frodo en su hora más difícil y oscura, ¿cómo es que cuando la historia es tan amarga, puede uno esperar que todo salga bien? No quieres seguir con la historia, te quieres dar vuelta atrás, cerrar el libro. Pero esta semana, cuando la confusión y la depresión me doblaban, el cielo se clareó, el sol calentó suavemente mi piel, las lluvias cesaron y los atardeceres dorados se hicieron presentes con su melancólica y dulce luz silenciosa.

Como me hubiera gustado que miraras esos atardeceres, que la luz hubiera clareado tus sombras, que tu libro no se hubiera cerrado. Yo aún te recuerdo y no sólamente serás una imagen de la mirada al abismo que nos atrae a todos, sino como un hombre bueno, dulce, cálido, que sin dificultad alguna demostraba su cariño, aprecio y apoyo por los demás.

Esta semana me mandaron por uno de esos horrendos y pesados paquetes al centro budista en la Del Valle. La última vez que fui allí, tú me alcanzaste para ayudarme con el peso de esa caja, ya que yo iba muy cargado de otras recolectas. Antes de que llegaras, grabé un clip de la linda fuente que tienen en el vestibulo. Ese video lo subí a mi cuenta de Instagram y se escucha tu voz cuando llegaste y saludaste a la recepcionista quien ya te conocía. Te escuchas alegre, amistoso, a pesar de que estabas desanimado porque no te habían asignado tareas ese día. Así fuiste siempre y es lindo volver a escuchar tu voz aunque sea en un audio de video.

Continuaré volando en los días y las noches recordándote, porque aprendí de ti muchas cosas del arte de volar con una bicicleta, a disfrutar la ciudad y el viento que nos pega en la cara. En cada pedaleada estás tú todavía y tu voz resuena todavía en nuestras mentes. El vuelo no termina y yo seguiré aquí con mis palabras.

octubre 12 y 2024

agosto 18 y 2025

Ciudad recobrada. Parte 3

Al caminar por las calles de mi colonia, la Agrícola Pantitlán, me doy cuenta que sigo en las ruinas de una ciudad, como si una nueva pero decadente urbe hubiera florecido en el asfalto y el barrio de mi infancia fuera una piel inhabitable, una carcasa transparente, abandonada, reseca por el sol y las nuevas políticas públicas de la alcaldía. Cada año se construyen más unidades habitacionales, con departamentos cada vez más pequeños, donde a duras penas entran familias de cuatro personas. Al mismo tiempo, hay menos agua en casi todo el oriente de la megalópolis. Durante las noches, estos enormes edificios, con hogares de dos cuartos y cocina, rugen suavemente con sus luces y sus cisternas, bombeando agua del subsuelo como una garrapata anclada a la tierra gris.

Una tarde, una tormenta se aproximaba por el poniente y yo andaba con mi bicicleta sobre el «canal de la compañía», como le llama mi tía a la avenida Río Churubusco, entre la Agrícola Pantitlán y la Cuchilla Pantitlán. Debajo de ese canal entubado con concreto, vidrios, heces y basura, estaba otro de los ríos que me llamaban.

De nuevo, el río se abre delante de mí y navego:

Los huesos y piel del barrio de mi infancia son aquellas fábricas y bodegas en desuso. Yo aún era adolescente cuando estos edificios de tabicón gris, poroso y áspero dejaron de funcionar. Había una fundición en la Calle 4, cuyo horno nos hacía sudar a mis amigos y a mí. Ellos eran un par de hermanos de entre 10 y 12 años que vivían en una casa pequeña, arrinconada entre el horno y el desecho industrial, respirando los humos de los metales y polvos fundidos. En la tarde el horno se apagaba y se enfriaba lentamente. Los trabajadores dejaban el lugar y la lluvia caía. Mis amigos y yo salíamos corriendo al patio industrial y brincábamos entre los charcos formados en la grava y la tierra, aventándonos piedras y usando desecho industrial como espadas y armas de fuego. Nos cubríamos detrás de estructuras metálicas oxidadas y grúas pequeñas. Nos sentíamos el capitán Miller y su pelotón maniobrando en una ciudad en ruinas, infestada de nazis (Ese año habían estrenado Soldado Ryan. Los chicos y yo la alucinamos). Dividimos muy bien la planta fundidora en sectores, territorio dominados por cada uno. Los demás intentarían invadir con piedras, fierros y juguetes.

Una ocasión, un pedazo de fierro me cortó la sien y brotó mucha sangre. Mi cara se tornó roja. Mis amigos me miraban espantados mientras yo observaba mi propia sangre en mi mano. Iba a reírme, pero la madre de mis amigos interrumpió aterrada entre amenazas y alaridos. Después de curarme, miré nuestro campo de batalla, nuestra ciudad francesa bajo asedio. La fundición yacía en silencio, roto solamente por el goteo de la lluvia que se escurría sobre la basura metálica. Mis amigos me acompañaron a la salida que daba a la Calle 4. Miré el horno apagado, como una boca oscura, abierta, profunda y dormida. ¿Qué había debajo? ¿Otro túnel? ¿Ese me transportaría a las ciudades romanas con las que fantaseaba al hojear los libros de santos de mi abuela? ¿Una ciudad debajo de una ciudad en ruinas, dentro de otra ciudad esqueleto? ¿O me llevaría a mi primer recuerdo vacacional con mi familia, que no tenía nada que ver con grutas o el mar, sino con el campo, el coche de mi tío y un olivo? Nunca entendí por qué me recordaba a los olivos. Tal vez en esa parte, el río del tiempo se conecta con la orilla, un momento en el cual mi abuela y mis tías nos llevaban a la iglesia de la Calle 5 a tomar ceniza.

Epílogo: Ciudad de Cristo

La imagen del olivo me invadió cuando regresé a casa con la mano en la sien. Ese olivo me recordaba a Cristo, a quien mis abuelos debieron conocer muy bien, en especial mi abuela. Él debió haber estado caminando y predicando en el campo donde nos llevaban a pasear mis abuelos en un carro enorme, a todos nosotros: sus hijos, mis primos, mis hermanos y yo. Solo nos llevaron una vez a ese sitio. Mi recuerdo era exactamente igual al de los dibujos de los libros bíblicos para niños que tenían mis tías. A menudo hojeaba ese libro, mirando a Sodoma y Gomorra caer bajo el fuego y a Edith convertida en sal. De la boca de mi abuela salían las palabras Misterios, misterios. “¿Cuáles son los misterios?”, le preguntaba.

Si Cristo caminó por el campo con mis abuelos cuando eran jóvenes, seguramente los llevó a visitar la Jerusalén Nueva, esa ciudad de oro y vidrio de los libros, de la que nos hablaban durante la Semana Santa en las calles de Puebla o Chilpancingo. Cristo los llevó a tomar vino, comer cordero y mascar higos, de donde mi abuelo sacó las semillas que plantó en el jardín de nuestra casa y brotó una higuera que siempre vi bíblica. Y mi abuelo debió haber construido la iglesia de la Calle 5, como había construido su casa, como mi papá construyó la mía debajo de las de otros, una casita para Cristo y Dios, el señor de la barba blanca.

Tal vez Cristo estaría enterrado en Pantitlán y sus huesos yacerían debajo de la casa de mis abuelos o mis vecinos o en los higos, granadas, buganvilias y jacarandas, como los de su abuelo Adán estaban bajo el Gólgota. O los edificios de dos pisos, las fábricas a punto de quebrar, las unidades nuevas serían su cuerpo y huesos. La carne y la sangre seríamos todos nosotros, como decía mi abuela, morenos, quemados, blancos, oscuros, con vitíligo, con sobrepeso, desnutridos, vagabundos, resentidos, vengativos, fracasados, con el corazón roto, con las miradas cansadas, embarazadas a los 15, tartamudeando, asoleándonos con retraso mental, sin trabajo fijo, tomando el camión, vomitando en el metro, untados de grasa de carro o de grasa de pollo sobre el mandil a cuadros, con los días repetidos y contados, con groserías en nuestras bocas, con las cumbias y el reggaetón a todo volumen, bajo el sol ardiente, con 10 tienditas en la misma manzana, bebés llorando, perros en tejados ladrando, formados en la Secundaria 60 o en la fila de las tortillas, mascando chicle en las maquinitas, chismeando sin palabras, atormentando con verbos, esperando como Kafka en la clínica de la avenida México a que nos atraganten con pastillas y mantengan vivos a los moribundos que quieren soñar, sin libros, sin palabras, rodeados de luces en la oscuridad, entre tabiques rojos y grises, haciendo el amor con nuestros cuerpos grandes y pesados, pequeños y secos, deseando, al ser jóvenes, vivir en Roma o Juárez o Tabacalera o Del Valle o la que sea, en ciudades que no son ni serán nunca nuestras.

Ciudad recobrada. Parte 2

Hace años tuve un sueño. Yo tenía 8 o 9 años y los Román nos preparábamos para irnos de vacaciones. Mi abuelo nos despertaba en plena la madrugada. Mi mamá y mis tías nos ordenaban a mis primos y a mí acumular las maletas y bolsas con ropa y comida en la sala. Mi abuelo se desabrochaba un enorme y pesado manojo de llaves de todas las formas y tamaños. Aseguraba las puertas de las habitaciones y las trastiendas de sus negocios. Después, con una enorme llave en mano, se acercaba a una antigua trampilla de madera que se hallaba debajo de la escalera que lleva a las habitaciones superiores. Abría un enorme y oxidado candado con incomprensibles letras grabadas. Mis hermanos y yo contemplábamos el movimiento sentados sobre las maletas y bolsas de ropa, ellos dos a punto de caer en un sueño profundo. Yo estaba tan emocionado que temblaba de la ansiedad por el viaje. Poco después, abuela invitó al cura de la iglesia local a la sala y este nos bendijo. Mi abuelo le entregó el candado y el cura lo santiguó. Cargando mochilas y bolsas bajamos por la trampilla. Primero descendimos por una antiquísima escalera de espiral hecha de hierro. Al llegar a la base hubo más y más peldaños, mucho más antiguos, lisos y muy desgastados, que conducían a una gruta. El viaje a la enorme ciudad subterránea que nos llevaría al mar duraría horas. Era un camino mi familia había caminado muchas veces por mucho tiempo. Ahí encontraríamos vestigios de otros viajes de muchas más familias, textos grabados en las paredes, incluso mi madre me hablaría de los antiguos vestigios mexicas y coloniales de la gruta. Tal vez en el viaje dormiría y mi cuerpo caminaría solo junto a mi familia. Despertaría en aquella ciudad luminosa, listo para desayunar pozole, pan y atole.

Son sueños de los que no me gustaría despertar nunca.

Mis sueños son ciudades en las que me pierdo. Las he visitado una y otra vez en el transcurso de los años, entre calles solitarias en un atardecer sin sol, montañas cubiertas de calles grises y jardines verdes entre basura y flores. Curiosamente, casi siempre he caminado en los límites, como si se tratara de los límites entre mis sueños y la realidad.

En un sueño, May Muñoz y yo huíamos tomando el metro San Lázaro, el cual nos llevaría al mar donde pasaríamos todo el día juntos, lejos de nuestras casas; en otro ella y yo, enfundados en ropa invernal blanca, yacíamos sentados en un camión que nos llevaría a las afuera de la ciudad, sobre la carretera a Puebla, mirando las planicies blancas por la nieve. Un sueño más: iba en mi bicicleta, en pleno pedido de Rappi. La ruta me llevó a los límites orientales de la ciudad, a un valle debajo de una gran montaña verde. Entregué una cajita a un grupo de arqueólogos. Con el contenido, que no alcancé a ver, abrieron un enorme retablo barroco dentro de una catedral que daba a un patio oculto desde la época colonial.

También mis pesadillas han tenido de escenario la ciudad misma. En una de las más antiguas, yo era un gato que corría en la calle a unas cuadras de mi casa, cerca de las vías elevadas del metro Pantitlán. La gente de la colonia se había encerrado en sus casas rápidamente. La calle estaba vacía, todos habían huido de un mal que recorría las calles. Miré detrás de mí. Lo vi transformarse de un niño pequeño a una masa gris, fría y peluda. Tenía pocos segundos para huir rápidamente en mi cuerpo de gato negro. Quería llegar a mi casa, pero no podía avanzar mucho. La calle estaba flanqueada por casas de dos pisos, de colores y grandes muros de concreto gris, con grafitis incomprensibles. Finalmente, escuché un aullido desgarrador.

Desperté.

Ciudad recobrada. Parte 1

Desde que era pequeño he sentido fascinación por las ciudades perdidas. Leía en enciclopedias sobre urbes dormidas y ocultas en la jungla maya (donde me llevarían a pasear mis tíos), invisibles en los desiertos africanos (que me cautivarían una madrugada estrellada en el Sahara), metrópolis en lo profundo de la vegetación del Indostán (donde se hablaron lenguas cuyas palabras aún usamos), o callejuelas casi medievales en Guanajuato o Guerrero (la primera no la he visitado nunca, la segunda me arrancó el corazón con sus fachadas barrocas).

Cuando jugaba de niño el primer elemento de la historia que creaba era una ciudad abandonada donde los personajes se perdían, pero encontrarían la salida después de vencer sus miedos y al villano de turno. Una silla, una cama, un enorme muro, un jardín lleno de refacciones de carro abandonados eran campo fértil para mis creaciones. Creía ciegamente en la existencia de aliens, fantasmas, organizaciones secretas, viajes en el tiempo, invasiones interplanetarias, robots gigantes y conspiraciones del gobierno. Devoraba los blockbusters de los veranos de los noventas mientras mi miedo por las películas de terror se perdía al quedar fascinado por las criaturas hermosas y repugnantes de los setentas, ochentas y noventas. La ciencia ficción, la acción y un poco la fantasía fertilizaron las tierras de mi reino.

Cuando empecé a imaginar y a escribir a los 12 años, muchas de mis primeras historias nacieron de esos deseos infantiles de descubrir algo. En la secundaria, esas ilusiones de lo oculto y paranormal poco a poco se disolvieron en el teenage angst y un creciente gusto por el animé. El placer de imaginar nunca desapareció, pero ninguna serie o manga podían satisfacer mi necesidad por mis propias historias. No eran como yo quería, no podía juguetear con sus elementos ya establecidos. Era como intentar mover una figura de viníl que al final podrías romper de tanto forzar. Nada era mío. Decidí escribir mis propias historias, crear mis propios misterios y secretos. Crear mis propias ciudades.

¿Qué modelo seguir para crear mis nuevas ciudades, mis nuevas historias? Dos fuentes: las fotografías de las ciudades árabes y españolas medievales de las enciclopedias de arte de mi madre y las fachadas barrocas del centro de la Ciudad de México. Aún sigo paseando por esas calles y me quedo largos minutos mirando esas fachadas antes de que la prisa, el trabajo o la corriente humana me arrastren. No puedo creer que hayan sido creadas por aristócratas con greguescos, cuellos de lechuguilla y valonas. Para mí son un mapa de lo divino, lo inalcanzable y dolorosamente inmoral congelado en piedra, como las serpientes náhuas incrustadas en sus bases. Semejante a mi migraña, veo el movimiento de todos los personajes y entramados geométricos moverse con vida propia, bendiciendo y revolviéndose eternamente. Por las noches, la luz de las farolas no es suficiente para alumbrarlas. A esa hora ya no veo el ruido y el bullicio en la piedra gris, como reflejo de los peatones, comerciantes, policías, autos, sonidos y aromas de la calle, sino el congelamiento del sueño al que se someten santos, demonios y geometría divina. La misma ciudad y su movimiento se congela en esas paredes, los fantasmas de los recuerdos olvidados se deslizan por entre los dedos, ropajes, fauces, alas, aureolas, espadas y aristas, acumulados por los 500 años de ciudad. Yo me paro frente a esa fachada como hace 250 años alguien se paró allí mismo y vio, seguramente, el universo condensado en una ciudad.

Los dramas urbanos no me interesaban en ese entonces (aunque las obras de Iñarritu y Buñuel sembrarían una semilla de ese tema que no germinaría en mi hasta muchos años después), sino la fantasía más parecida a la de Tolkien y los RPG japoneses de la PlayStation. Vivir en una megalópolis del tercer mundo también me había quitado la ilusión de gigantescas urbes celestiales, llenas de nobles reyes y guerreros, ciudades flotantes o templos con estatuas blancas llenas de palomas y campanas. Mis ciudades estaban llenas de suciedad, arena y comerciantes, de calles de asfalto gris, calientes por el sol, con perros y pobreza, que al levantar la cabeza miraban rascacielos brillantes, coloridos y perversos. Ciudades enanas, cuya catedral en el centro era de una magnificencia gris, donde los santos y demonios parecían bajar como una marabúnta de proporciones bíblicas. Y debajo de esas ciudades, más ciudades enterradas o debajo del agua, escenarios que la historia y la sangre derramada de sus habitantes quieren olvidar, pero que laten delatoras.

Mi relación con la ciudad empezó así, no como una utopia, un what if… escapista, sino un universo de piedra, vidrio y asfalto, donde mis personajes encontrarían, posiblemente, un sueño al que aferrarse entre reyes falsos o líderes inmorales.

Encuentro cosas que la hacen cada vez más tolerable

Aunque la pandemia terminó, siguen siendo días extraños. Se podría decir que lo normal para ser marzo, un marzo donde ha llovido con la frialdad del bajo otoño de octubre y el calor que desgarra la piel de los ciclistas que patéticos no usamos mangas largas. Voy con cierta velocidad todas las mañanas para poder llegar a los headquarters de la empresa de bicimensajería donde trabajo. Las calles de esta ciudad suelen ser muy duras. Todo mundo quiere pasar, llegar primero, aventarse y embestir contra otros, mostrar poder con las cuatro ruedas, dejar a todos atrás, presumiendo, a mi parecer, el más profundo ethos mexicanos y capitalinos.

Pero la semana antepasada, por el puente de Juárez, me quedé en mi casa, agotado y estático, sorbiendo café de frasco, comiendo arroz y verduras, escuchando los lives de funky house que una hermosa morena hace desde su habitación. Vi que mis hermanos habían estado escribiendo en el grupo privado que tenemos en WhatsApp. «El tío Mecho acaba de morir». Terminé mi bocado de arroz y nopales fritos, bajé el teléfono a mi pierna y coloqué nervioso el plato sobre la mesa improvisada que uso para comer mientras veo algo en la televisión. Las ruedas de mi ser se detuvieron en un skid puro, me hice a un lado del tráfico, escuché como los coches y camiones invisibles contra los que batallo diario aún sentado en mi sala, viendo documentales de DW o gameplays de los Game Grumps se callaron por unos segundos. Pensé en mi madre y busqué en mi cabeza y en mi pecho si seguía viva, si estaba bien. Pensé en si estaba enterada. Iba a ser un golpe duro para ella, para todos sus hermanos, para todos nosotros. Rápidamente terminé mi plato, me vestí apropiadamente y corrí a la casa de mis tíos. Allí estaban los dos, Toña y Elio, haciendo su quehacer diario, ininterrumpidos por nada, pero con un aura apagada, confusa, que intentaban ocultar bajo capas de normalidad y uno que otro comentario sobre el debió, hubiera. Ya estaba hecho.

Mi madre llegó unas horas después. Su semblante estaba contenido, a punto de desbordarse en un ligero llanto como en los peores días de su relación con su última pareja. Tomé las bolsas que cargaba sin ganas, las puse en cualquier lugar y la abracé. La abracé fuerte mientras ella hundía su cara en mi cuello y escuchaba silenciosos sollozos. Me di cuenta de que debía abrazar fuerte a toda mi familia, todos lo íbamos a necesitar. Comimos los 4 en silencio, sin el típico sonido de la pantalla y los videos que Elio veía en YouTube o capítulos sueltos de Everybody Hates Chris. En una llamada con mis tíos, mis primos confirmaron que el velorio iba a ser en esa misma casa.

Mis primos y sus familias comenzaron a llegar como pequeñas y potentes descargas a través del umbral de la casa, cargando bolsas de pan y comida que acomodaban por allí en la sala comedor. Mis tías y tíos llegaban con lágrimas en los ojos, el pecho un poco inclinado por el peso. Abracé a quien pude cuanto pude. Algunas de mis sobrinas entraban mirando sus celulares, un tanto indiferentes; otras mirando al piso, un poco rotas, incrédulas, con un padre menos. Horas después, al estar el ataúd de mi tío en la sala, rodeado de sirios y una cruz de cal trazada debajo del féretro, las nietas y nietos bajarían los teléfonos como máscaras que se caen temporalmente, dejando ver ojos rojos, íntimos y heridos.

No había estado en un velorio desde la muerte de mi abuela en el 2005. Durante la pandemia sólo tuve un amigo que murió, el capitán Memo, de cuyo fallecimiento me enteré por una publicación en Facebook, una semana después. Esa noche no pude dormir bien. El año pasado falleció una amiga mía y de mis hermanos, Alma, una brillante mujer de 31 años que batalló contra el cáncer con un ánimo y fuerza que pidió que su velorio en el Gayoso de la Roma fuera un momento de algarabía, lleno de mezcal y música, mientras ella sonreía pura y eterna en un ataúd, su cabeza ataviada con una hermosa peluca de colores. Dice mi hermano que se veía como una muñequita dormida. Yo no pude ver a Alma en su ataúd, no pude ver a mi tío mientras rezabamos el primer rosario. Sólo vi su nariz grande y morena, característica de mi familia. Parecía dormir realmente. Mi corazón se hubiera roto. Mientras más viejo me vuelvo, más sensible me pongo con tantas cosas.

Al día siguiente lo enterramos en el lote familiar junto a sus padres y a su hermano Juan Humberto, al que tanto amó que a su hijo le puso el mismo nombre. Ahora los cuatro están juntos. Siento que hay tantas ideas que pasan por las mentes de mis tías y tíos, contemplaciones, dudas, la consciencia de lo inevitable, aquella visita que a todos nos llegará. No sé cuánto miedo tengan, pero eso se refleja con el paso del tiempo. Por mi parte, desde antes de este suceso ya había pensado en que estoy a la mitad de mi vida. Cumplí 36 años hace un par de meses. Cada vez hago menos reuniones, fiestas, reencuentros. Pasé todo el día acostado y bebiendo en ropa interior en mi cama a lado de mi mejor amiga, ella también en ropa interior y con una magna resaca por la boda de su hermano el día anterior. Fue un día dulce, íntimo, terso. El domingo siguiente, mi familia vino a Pantitlán y celebramos con hamburguesas y una cerveza, viendo una película juntos. Cada año le encuentro un poco más de placer a la soledad. Encuentro y vivo cosas que la hacen cada vez más tolerable; sin embargo, el miedo a la soledad absoluta nunca se irá. Eso es algo que nos hace humanos. La muerte también está cada vez más presente. Jorge, Alma, Memo, mi padrino Roberto en diciembre, mi tío Mecho. Los tres primeros prácticamente de mi edad. El mejor amigo de mi amiga Adriana se fue de la noche a la mañana por un cáncer repentinamente descubierto en su cabeza. No duró muchos días. Adriana vino a la ciudad asustada, confusa, deseando verme y estar presente en una vida más allá de la suya y de sus hijas. Fue un par de meses antes de la pandemia, unas semanas antes del inicio de la amenaza de guerra nuclear, y bebimos café en mi mesa.

Es el saberme que posiblemente esté a la mitad del camino o menos lo que me ha traído a volver a sentarme frente a ustedes para hablar un poco. Una vez un compañero me dijo que la escritura maduraba con el escritor. Uno piensa al inicio en Borges publicado antes de la pubertad o Thomas Mann publicando su magna obra a los 25, escritores precoces. Hace tiempo que no escribo un cuento completo. En las mañanas, como todos los días montado en mis dos ruedas, pienso en la belleza de todas las cosas, en su tristeza, en la muerte que nos inmortaliza en las palabras que nos regaló mi madre a mis sobrinas y a mi a los pies de mis abuelos y mis tíos, convertidos ahora en espíritus, dioses que nos cuidarían a todos. La sonrisa de mi tío al verlo bailar con mi madre en diciembre, cumpleaños de mi tía Toña. Inmortal.

Música para acompañar: Opus – Ryuichi Sakamoto (https://youtu.be/B2LkV2PgRbk)

Páginas salvajes. 1: Paciencia, me dijo.

Dos cosas extraordinarias: finalmente regreso a redactar unas palabras a este blog y la más común de todas en los tiempos que corren: creo que tengo COVID. El mejor amigo de mi hermano lo contagió a él, seguramente en el funeral de su abuela. El domingo pasado pasé toda la tarde con mi hermano mirando la versión extendida de Las dos torres. Nunca me imaginé que fuera una infección tan silenciosa y sutil. Todos bajamos la guardia en los tiempos de la multitud. Comencé con algunos síntomas el lunes en la noche y dejé de ir a trabajar hasta el jueves. Me sorprende que no haya caído en cama como una estatua en un asedio.

He dormido mucho, descansado lo que no en meses. Apenas la semana pasada pude darme el lujo de tomar una siesta. En estos días de autoconfinamiento duermo diario una siesta. Creo que ya me hacía falta. Me hacían falta muchas cosas. Ahorita deseo con ahínco el poder regresar a la calle con mi bicicleta, pero debo ser paciente. Claro, paciencia. Mi trabajo consiste en cruzar la ciudad de poniente a levante llevando los productos que la gente espera con cierta impaciencia. Es ir deprisa, ratoneando en el tráfico, esquivando distraídos, subiendo y bajando puentes con los muslos hinchados y los tatuajes asoleados. A veces paciencia es lo último que deseo en muchos aspectos de mi vida, pero a mi edad ya entiendo qué es lo que debo esperar y qué no. «Esperanza es de tontos», me dijo una vez un profesor en la universidad. Ahora debo esperar a que mi salud mejore un poco. ¿Qué me hace tonto? ¿La impaciencia o la esperanza de regresar a la normalidad?

Y ya desde días antes había entendido que debía tener paciencia para sentarme y ponerme a leer. El miércoles en la noche me fui a la cama, me tapé bien y sudé mucho mientras leía de nuevo la biografía de Marcel Proust por George D. Painter, una obra tan colosal como la que creó el escritor francés. Creo que ya escribí con anterioridad mi episodio de gripa aguda del 2009, previo a la epidemia de AH1N1. Esos días también estuvieron marcados por Marcel Proust. Leí algunos ensayos y artículos durante mi viaje a Veracruz la Semana Santa de ese año y me enamoré del autor. Recién un año había pasado de los días profundos con May Muñoz e Ika Rubio, los recuerdos estaban frescos, los aromas aun muy presentes, las heridas comenzaban a sangrar de nuevo y no sabía hacia dónde dirigir mi vida después de eso. Como la música drone, quedé suspendido, en linea recta hacia ningún lugar, los ojos brumoso. Los conceptos de memoria y saltos temporales de Proust fueron una roca pulida, negra, en medio de un jardín zen sin rumbo, donde yo yacía perdido. La falta de aliento y la fiebre de mi resfriado me mantuvieron en cama con visiones de un siglo XIX mezclado con los edificios y torres de iglesia de roca cacariza del centro histórico y las páginas amarillentas y antiguas de mis deseos de sumergirme en la narrativa densa de Prout.

Ahora puedo respirar bien y puedo ver a Marcel ahogándose bajo las copas de los árboles y envuelto por las esporas y el polen de los jardines de Illiers que jamás volverá a visitar, que con paciencia recreará una y otra como una mitología única y hartante en la que refugiarse en su vida adulta y finalmente en su convalecencia y lo guiará por sus saltos temporales.

Yo deseo tener la paciencia suficiente para recrear esos días profundos con las palabras que se merecen y poderlas soltar al viento y que lleguen a los ojos y oídos de aquellos que me quieran escuchar. Ya regresé a este, mi espacio. Tal vez pueda volver a los días profundos, como agradecimiento de que sucedieron, de que puedo respirar un poco más en la superficie de este planeta.

Nostalgia. Parte 2

Hace unas semanas una ex novia y amiga me contactó. Regresó de Estados Unidos y entre los muchos pendientes que tenía que arreglar en el país, me pidió que le facilitara un viejo texto que escribí hace once años. En esos días yo tenía una cafetería que vendía poco o nada. Eli y yo nos conocimos por la mediación de un amigo mutuo, Alexis, y tuvimos química desde un principio. La química se convirtió en atracción. Éramos muy pequeños, de 19 y 23. La primera señal de amor vino con un beso que ella me robó después de haberle leído unos pasajes del texto. Ese amor fue intermitente, algo breve, intenso, brillante al grado de ser una llama que se apagó muy pronto. Cuando fue nuestra primera vez también fue la de ella. Sus nervios la delataban. Creo que yo fui el primer hombre que la vio completamente desnuda. Pero hasta la fecha, ninguno de los dos puede negar que hubo una llama de amor al abrazarnos sudados, compenetrados, ebrios sin una gota de alcohol.

El texto lo perdí hace mucho. Busqué y busqué entre libretas antiguas y no encontré ni una sola página relacionada. Era el prototipo de una novela llamada Flor de fresa y durazno, que nació como el guión de una trilogía de cortometrajes que se desarrollarían en un departamento. Alexis desarrollaría los cortometrajes 1 y 3, yo el 2. Era la historia de dos mujeres que inventaban personajes que ellas mismas actuaban, salían a ligar hombres y los llevaban al departamento donde continuaban con la mascarada. Abandonamos el proyecto de cortometrajes al no poder encontrar dinero para la producción. Yo retomé mi idea y la intenté desarrollar como una novela. Hay algunas escenas que recuerdo con un poco más de claridad que otras. Una de ellas es que una de las personajes protagónicas tiene su primera vez mirando al techo, donde ve un enorme jardín creciendo de cabeza y donde las flores tocan sus pies y piernas desnudas, con un riachuelo corriéndole por el torso.

Al no poder encontrar el texto pensé en reescribirlo para ella. Me senté al menos ocho veces frente a la computadora a componer un texto, cualquiera, para complacer su deseo. Me imaginé que ya no volvería a México con tanta frecuencia y querría llevarse algo mío, ese texto en especial que fue el que ayudó a crear ese vínculo. Fueron días lluviosos como en los que escribo esto que fue la última salida que tuvimos hace 10 años. Esa tarde llovió afuera del Ex Convento de Santa Teresa, donde fuimos a ver un performance redundante que abandonamos después de media hora. Yo saboreaba en mi boca una y otra vez su perfume que ahora he olvidado. (Seguramente lo he olido en otros cuellos, en otras calles, pero he olvidado su color). Salimos del edificio colonial y nos encontramos con un pequeño espectáculo de luminaria publica que manaba del asfalto. Unas cuantas fotos y luego unas más sentados en una banca de acero que ya no existe en ese sitio. Su mano con la mía, su mente en otro lado, la mía dentro de alguna historia o lo que viviríamos en el futuro. Poco después, entre varios mensajes más, me dijo que ya no deseaba salir conmigo. No recuerdo como lo tomé. Conociendome, algún dueto de cello y piano sonó dentro de mi cabeza.

Y aunque nos hablamos, buscamos, nos evitamos con el paso de los años, de alguna forma ella mantenía ese recuerdo por mí, el cual conservé pero guardé en algún rincón de mi corazón entre la necesidad de olvidar tantas cosas, tantos momentos y personas. Una vez me dijo alguien: eres un hombre que recuerda en un mundo donde la mayoría quiere olvidar. Y así como el personaje de Borges, no podía pensar.

Cuando le conté el por qué no le había entregado el texto, ella me comentó que ya se iba a casar, su prometido la había alcanzado hasta México y le daría un tour, así que no podríamos vernos para entregarle el texto. Ella es la última de las mujeres que más he amado y la última en casarse. No puedo negar que me dan celos, ya que un par de veces en los años anteriores habíamos hablado sobre un futuro matrimonio, tener hijos, ser una familia viajera. Ahora ese ya no es mi deseo. Hasta eso, andar en bicicleta me ha dado una perspectiva diferente, aderesado a que he tratado de trabajar mucho en mi educación sentimental y emocional. Ya no pensar tanto como el adolescente enamoradizo que era. Ha rendido frutos.

Cuando Eli y yo salíamos había en el aire del país un gran temor a la muerte y la violencia. Los días eran planos y al mismo tiempo cíclicos. Las rotativas y las calles se llenaban de fotografías de muertos, la tinta roja corría por las banquetas de la ciudad. Las voces, murmullos que hablaban con detalle sobre los mitos y verdades de la muerte en las afueras, lo que había traído una guerra que se sabía perdida desde un principio. Y aún en ese México de muerte, brotaron una flor de fresa y otra de durazno en los pies de dos jovencitos que se amaron como el agua del río y el mar.

Ahora los tiempos del coronavirus han sido un estanque en medio de la niebla. Hace un año seguía recuperándome de un colapso nervioso que me causó el estrés, la soledad, el aislamiento y beber demasiado para hacer frente a esos sentimientos. Impresionante para mí fue al final del año, ya que volví a encontrar el amor en la piel, ojos y voz de una persona que jamás me hubiera imaginado. Pero así como llegó, se fue como el sueño antes de despertar en año nuevo. Hace una semana me vacunaron y el presente eterno al que descendimos el año pasado ha clareado. Y en nuestro mundo cyberpunk aun sigue habiendo un futuro brumoso, amenazando a ser igual que el día de ayer, antier, un mañana repetido como el abrir una puerta y entrar en la misma habitación. Pero el cuarteto sigue sonando en mi cabeza como compuesto por Dustin O’Halloran.

Son los días en que ya no quiero adentrarme en las aguas de mi pasado, de amores que nunca olvidaré pero que no volverán. Es como estar en una barca, navegando un mar de luces nocturnas mientras la tierra se ve a lo lejos y hay un enorme festival. He navegado bastante tiempo, pero no quiero regresar al continente del que vengo, quiero navegar hacia otras islas. Sé que por el momento lo haré solo. No siento rencor contra nadie, ni contra mí mismo. Le desee lo mejor a Eli con una cierta felicidad y gusto que hubiera sido doloroso para mi yo de hace diez años. Son esos recuerdos que uno creería que son una fantasía producto de la soledad que pasé en los meses del año pasado. Sucedieron, somos parte de la historia del uno y del otro. La vacuna y la sintomatología de la semana pasada fueron un umbral enorme e imperceptible. No estamos a salvo, nunca lo estaremos del todo. Más cosas vendrán y nos azotarán con una fuerza a la medida de cada uno.

No recuerdo el final de Flor de fresa y durazno. Es más, no recuerdo haber pensado en uno.

Música para acompaár: Opus 28 – Dustin O’Halloran (https://youtu.be/DMGz_f3IaGk)

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Nostalgia. Parte 1

Trece años he vivido bajo una nostalgia constante. El 2008 fue uno de los años más profundos que he tenido en mi vida, un antes y después en mi persona, en mi escritura y mis ideas. Lobo Antunes dijo en una entrevista que el escritor que pierde la memoria, lo pierde todo. Entonces a mis 21 años se reforzó y enraizó mi necesidad de escribir, para reproducir todo lo que viví ese año. En el 2007 había escrito algunos cuentos que giraban alrededor de la memoria. Muchos de ellos los perdí entre computadoras, otros aún los tengo en algún archivo perdido en la nube, pero me avergüenza un poco releerlos.

Pero las olas de nostalgia llegan con el aroma del viento, el calor de la tarde, la lluvia intensa que moja las calles, con las horas mágicas que mi cabeza ha modificado tanto que me parecen hermosamente irreconocibles.

Este año fui al Vive Latino, poco antes de que se impusiera el distanciamiento social y el semáforo rojo. Fui con Ika, una vieja amiga con la que tuve una relación romántica muy profunda hace 13 años y que considero una de las mujeres que más he amado en mi vida. Ahora sólo somos amigos, pero vivimos años con sentimientos intensos y, muchas veces más, encontrados. Escuchamos a Porter, Zoé, Babasónicos, unos covers de Soda que tocó una banda desconocida pero muy buena, todos en los escenarios montados sobre la pista de carreras que se abrían alrededor del Foro Sol, a un par de kilómetros donde Ika vivía en el 2008, en el sillón donde mirábamos películas abrazados o yo jugueteaba con su delgado y blanco vientre mientras escuchábamos música a media luz.

La noche cayó entre presentaciones. Había alcohol en mis venas y estómago desde antes de entrar, pero nunca me subió la sangre al corazón y la cara para dejarme hundir en la nostalgia y su luz mágica y fría, cuando sentados en las gradas miramos las luces de los celulares encenderse con la noche de lienzo. Miles de ellas encendidas como una constelación artificial y mágica para un espectáculo barato como siempre es Zoé. No miré a Ika. Ella estaba ocupada con sus amigos que nos alcanzaron en la presentación de Porter. No tenía razón para mirarla con esos ojos que se clavan en las cuencas y que aún brillaban al haberse apagado las luces. Hace muchos años entendí que mi nostalgia es personal, a nadie más le importa.

Hace un par de años entendí que las historias contadas en una tarde de cervezas o un café en un encuentro con viejos amigos no son suficientes. Ellos no imaginan tu historia, es difícil transmitir tus sentimientos, sensaciones, imágenes, descripciones en una charla. Ellos tienen las suyas, sus memorias. Se imaginan su propia historia que les estás recordando con la tuya. Mucho tiempo conté una y otra vez las historias con May Muñoz e Ika en el 2008 hasta que yo me cansé de contarlas. Incluso yo me pregunté hasta qué punto todo era real o ficción, qué viví y qué mi cabeza y corazón “remasterizaron” como lo hacían con las horas mágicas de muchas tardes en ese año.

Fue un año sentimentalmente duro y complejo, donde viví los días más hermosos del amor, pero también los más desesperadamente solitarios, confusos y oscuros de mi primera adultez. No había respuestas claras, sólo el vómito de mi corazón como sangre y palabras sin forma que escupía por mi boca. Claramente ahora lo veo. Creo que estaba a miles de kilómetros de la claridad para escribir sobre lo qué sentía, pensaba, los días y noches con May e Ika, con los amores perdidos.

En las gradas, miré a Ika a mi lado. Me preguntó si estaba enojado. Le respondí que no, que estaba disfrutando el espectáculo. Lo disfrutaba todo, sonriendo discretamente. No iba a contarle ya sobre mis recuerdos, esos me los guardaba para mi. Ya no vomitaría sangre en las calles por la noche. Vomitaría sobre hojas de papel.