¿Y si llueve café?

1

Hace unos días bebió café de más. Salió a pasear o comer con sus amigos varias veces después de su jornada de trabajo. A ratos se sentía cansado, adormecido. Una taza de café, a veces dos. Buscaba como loco, antes de sus encuentros, un K o una cafetería desconocida pero acogedora en un centro comercial, pedir un cappuccino con azúcar o un americano con azúcar. Bebía sentado a lado de alguien, esperando, en medio de una charla. Al final recordó que había un límite, su barra se había llenado. Una mañana sintió la necesidad de la primera taza para poder arrancar la primera parte del día. La bebió con un ligero sentimiento en el pecho. Al pasar los minutos se sentó, encendió su PlayStation y vio una maratón completa de los Simpson en YouTube. No se cambió la ropa, no leyó, no hizo nada, tan sólo limpiar la casa. La necesidad de la segunda taza le surgió a media tarde. La sensación apesadumbrada en su pecho se hizo más profunda. Quiso calmarla con algo, tal vez un trago, un cigarro, algún vapor o líquido que lavara el corazón que le pesaba. No había sustancia natural o artificial (al menos a su mano) que le calmara o lavara de la sensación su alma.

2

Las lluvias tardaron en llegar a la ciudad este año. Intensísimas olas de calor hicieron arder las calles por meses, no sin antes haber agitado los cuerpos y mentes con una profunda y densa nube de contaminación. Varios de mis compañeros reportaron trabajar entre nubes densas de niebla en los límites del poniente, las cuales se tragaban su visión y los ponían nerviosos al acordarse de películas y videojuegos. Yo salí un par de días a trabajar y tuve diversos malestares físicos: migraña, dolor de garganta, ardor en los ojos. Pero lo que me conmovió no fue la calidad del aire o las enfermedades, sino las lluvias intensas que todos esperaban y yo tanto temía. 

La primera de estas llegó una tarde, sin aviso. Fue tan intensa como una lluvia de septiembre, arrasando con las lonas de los puestos y la ropa tendida, tragando las luces de los faroles y opacando su intensidad. Los locatarios se asomaban a través de los umbrales, debajo de las pesadas cortinas enrolladas y disfrutaban mientras temían un poco. 

(Seguramente el agua estaba muy sucia, repleta de sustancias extrañas y tóxicas. Acompañé a una amiga al médico a una cuadra de nuestra casa. La lluvia nos atrapó poco después de salir del consultorio. Pesqué la peor gripa del año.) 

Hace una semana llovió con una intensidad inédita para los meses que corren. Varias estaciones del metro se inundaron, la enorme bandera de la Plaza de la Constitución ondeaba con la furia de un dragón desbocado, ni los soldados pudieron contenerla para enrollarla. A mi me atrapó de regreso a casa, con una rodilla sangrante por un accidente que tuve ese día y montado en mi bicicleta recién ajustada y engrasada. El agua me llegó a las piernas. Ratonee entre trailers y carros atontados y lentos en los carriles de alta sobre Viaducto. Al llegar a casa, se me antojó un baño y un café. Sólo aquellos que amamos a esta ciudad profundamente tenemos el derecho a odiarla con la misma intensidad.

(Apenas recuerda el placer que le provocaba el mirar llover desde las ventanas de su oficina o de los sábados de descanso, tirado en su sillón. No envidia a quienes siguen viendo la lluvia así, sino que los odia un poco, ya que el placer de ellos se entromete con el placer que le provoca el andar sobre dos ruedas.)

3

La ansiedad provocada por la cafeína y el alcohol es, posiblemente, el origen de muchos de los males de la humanidad. Desde pequeño le enseñaron que los placeres más grandes tienen consecuencias muy malas. Por eso insistieron en que amara a Dios por sobre todas las cosas, ya que nada de lo que provocaba Él era malo. (Nadie podía concebir la idea de odiarlo, porque todo era bueno.)

El café, fuente de la energía después de los veintes, origen de buenas y profundas conversaciones y postales rebuscadas para depresivos como él (y el 90% de la raza humana), era uno de los gatillos de su ansiedad. Solución sencilla: optar por otra bebida menos agresiva, pero igual de rebuscada: el té. Empezó hace unas horas con té verde. Encontró que el té de manzanilla, que su madre le daba para aliviar los malestares estomacales, era excelente para calmar la ansiedad. El martes irá al súper a comprar más cajas. No tiene prisa por llenar el vacío de las soledades en su casa con alguna bebida, ya sea alcohol, café, té, algo de tabaco. Tiene ansiedad por la idea misma de la ansiedad. 

Se tomó el segundo té a media tarde. Las nubes se aproximaban desde el oriente. Los cerros, que daban sombra al Estado de México y se abrían hasta los volcanes de Puebla, desaparecieron debajo de un enorme muro gris, acuoso, espeso, como si el mar frío del hemisferio norte se levantara para caer sobre la tierra en un sonoro golpe. La ansiedad se levantaba de debajo de sus pies, subía sus piernas, apretaba su torso con la misma intensidad de espesa del cielo de primavera. Se vio delante del muro gris. El sonido de la ciudad se ahogó entre las gotas gruesas. Pensó que un día esta ciudad iba a terminar debajo del agua y ya ni una sola alma viviría cerca para oler los bosques empapados de melancolía y cantos de aves, ajolotes renacidos y algún halcón fugitivo de una antigua jaula. Él, seguramente, quedaría debajo del remolino de agua salada que brotaría de nuevo sobre su barrio gris, “El lugar de las banderas”. Sacó la mano por la ventana, el aroma lo sumergió y sacó la cabeza para sentir las gotas golpearle el cabello, como una caricia consoladora. Respiró profundo y miró al vacío desde su quinto piso.

Junio, 19 y 2019

Artica – Annuminas
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