Cada año la lluvia de la Ciudad de México cambia, es más agresiva, retuerce el aire que respiramos, que nos acaricia, da un golpe contundente y se va para regresar al día siguiente o un rato después. Cada año es más parecida a una bestia berserker que a un fenómeno de la naturaleza. Para Luis, antes era una oportunidad para sacar más dinero a las aplicaciones de repartición como Rappi o Uber. Ahora la lluvia no representa nada más que una molestia que hace más peligroso el trabajar en la ciudad. Un charco puede significar una herida, días de trabajo perdidos o símplemente, una incapacidad y el fin de la carrera. En todos estos años ha sido muy cuidadoso con el agua, la lluvia no ha representado mas que peligro, como un océano turbulento que yace sobre nuestras cabezas, un dios que no le importa la vida de abajo, sino para crear más vida.
Sin embargo, la lluvia también arrastra episodios optimistas. Luis me contó que una de las mejores lluvias tuvo una conclusión buena: un cliente, hospedado en un lujoso hotel sobre Paseo de la Reforma, circundante al mal llamado Ángel de la Independencia, después de una fatídica lluvia. Aquel cliente le pidió varias cosas de una farmacia cercana. Lubricante, preservativos, pastelillos y pastillas para el buen aliento. «Ese wey va a tener una buena noche», le dijo al trabajador de la farmacia, quien en ese turno se encontraba solo, así que pudo reír a la afirmación de Luis.
Luis esperó a que la lluvia bajara un poco. Le avisó al cliente, quien comprendió perfectamente la situación, como la gran mayoría. Muchas veces sus clientes dan la impresión de que son monstruillos sin sentimientos que prefieren la satisfacción de sus ordenes y que la empresa les cumpla con la vida de los mismos repartidores, pero con el paso de los años, han llegado a entender que estos mismos son vidas y esfuerzos titanicos para llevar pan a sus mesas.
La lluvia bajó, el poco granizo que cayó sobre el asfalto se fundió con el calor de la primavera, la bestia le avisaba al asfalto que su hambre de violencia estaba saciada. Luis montó a su bicicleta 700 que recién compró unos meses antes por Mercado Libre y subió por la calle de Florencia, mirando como los transeuntes mexicanos, norteamericanos y de todas las nacionalidades salían de las salientes, de los negocios y edificios contiguos para continuar con su andar, entre charcos, cañones que vomitaban chorros y tenis costosos que no querían ser empapados.
Cruzó entre charcos, automoviles desesperados, camiones turisticos de dos pisos y otras bicicletas cuyos dueños subían sus pantalones sobre el calcetín derecho. Contempló de reojo el mal llamado Ángel y le pareció ver que sobre las solidas planchas que servían de valla de contención, el cielo se llenaba de volutas, con ebras sueltas como el algodón puro. Me contó que detestaba el empedrado de esa parte de la avenida, ya que además de incomodar con su golpeteo en la bicicleta, mucha de la comida que transportaba se revolvía o hasta podía saltar de los embalajes.
Al inicio de la proliferación de los servicios de delivery y su consumo masivo en el centro poniente de la Ciudad de México, muchos negocios, además de que preparaban el pedido al momento de que el repartidor llegaba y lo solicitaba, embalaban mal, lo cuál trajo demasiados problemas a negocios, repartidores y consumidores por igual. Los embalaban de una forma un tanto precaria, como si el repartidor tuviera que caminar a pie dos o tres cuadras, cuando eran negocios, por ejemplo, en Roma Norte y el pedido debía ser entregado hasta Alto Polanco. Según las aplicaciones y los negocios, era responsabilidad del repartidor, pero este debía lidiar con trafico, clima, mochilas que ellos mismos debían costear y que muchas veces no daban para mantener estables los productos líquidos que debían transportar hasta por 4 o 5 kilómetros de tráfico violento entre semana.
Afortunadamente tanto los negocios como las aplicaciones se percataron de esto y se exigieron embalajes mejor hechos, resistentes, que sólo tuvieran que ser depositados en una buena base, como una mochila o una parrilla y resistieran largos tramos con una inclinación hasta de 45 grados. La Nike dorada que alumbra diariamente una de las arterias de la capital fue testigo de muchas de las victorias que las y los jóvenes, adultos y hasta ancianos que trabajaron y trabajan en estos servicios, ya que todos nos volvimos consientes del trabajo y sacrificio que realizan en las calles.
Luis llegó a la entrada del lujoso hotel donde estaba su cliente. Encadenó su bicicleta en una de las barras para bicicletas que estaba a unos metros. «Si hay de estas en la calle, es una calle que acepta a las bicicletas y a los ciclistas. Si no, es una calle que los desprecia», pensó con toda su experiencia en las calles. Sacó los productos del cliente y los depositó en una bolsa de tela que traía, ya que no le habían dado aún de las bolsas de plástico que reparte la empresa. Se acercó a la entrada principal del hotel mirando el escaparte de una tienda de ropa, de la cuál siempre le gustó una chaqueta purpura con motivos mexicanos que exponían en el escaparate desde los tiempos de la pandemia. Le avisó al su cliente por el chat de la aplicación que ya lo esperaba (y a sus instrucciones) en la entrada, limpiando sus pies en el tapete contiguo a la puerta automática, donde los botones y seguridad esperaban rectos, pero familiares a una tarde lluviosa.
El cliente respondió a los minutos. «Ya bajo. Muchas gracias.» Unos minutos después, un apuesto hombre moreno, bien vestido y con rasgos de Asia central se acercó a Luis. Tenía buen porte y su sonrisa manifestó una familiaridad entrenada, pero a la vez natural. Estaba cómodo, a diferencia de Luis, que notó que el cliente miró su bolsa de tela con sus productos.
«Ay, no tienes bolsas de Rappi», dijo el cliente. «No, no me han dado nuevas, no he encontrado dónde las dan», respondió Luis, tragando un poco de saliva. El cliente tomó la bolsa de tela con sus productos, echó un vistazo rápido y se la colgó cruzando el brazo en el asa. «¿Tú crees que esto pueda compensar que me quede con la bolsa?», le dijo sacando un billete de 500 pesos de su cartera. Luis tomó el billete azul y opaco. «¿Está seguro?», le preguntó sin creerlo. Tomó el billete y agradeció doblándolo con un movimiento de la palma de su mano. El cliente le sonrió y se retiró, mientras Luis se dirigía a su bicicleta estacionada. Nunca había recibido tanta propina en los años que llevaba trabajando. Con eso costearía una parte de la deuda de tarjeta de crédito de ese mes. Comenzó a chispear desde el cielo.

