Nota que escribí antes de cumplir 33 años de edad y después de ver un hombre torturado

Ya casi cumplo 33 años. El subtítulo de esa edad para muchos es “La edad de Cristo”. Por la forma en cómo lo describen en el Nuevo Testamento, el Ungido era una especie de Doctor Manhattan que podía ver el pasado y el futuro con mucha más lucidez que el presente mismo. Tenía conocimiento del dolor que en el futuro sentiría por la tortura que los soldados romanos le infligirían en sus carnes humanas. Pequeño gran detalle al que lo lanzó su padre en los cielos, la carne humana no sólo reciente la linealidad temporal, el principio y el fin, sino el dolor que los demás de su misma especie le puede infligir en el alma y en la carne. Durante horas, sufrió el mismo suplicio que sufrirían las y los demás hijos en países pobres en un futuro. Me lo imagino sangrando sin parar bajo el conteo en griego del número de latigazos que un soldado de bajo rango, números en una lengua común que algún notario público tomaba. Allí, en su omnisciencia, el Ungido vio a centenas de versiones del mismo soldado y policía contar números o amenazas ante un notario, visible e invisible, por debajo del ensordecedor grito, en castellano o en lengua indígena o africana, la súplica y el deseo de la muerte antes de dar información, o en el peor y más común de los casos, confesar a carne abierta que no tenían conocimiento de nada de lo que lo acusaban.

Ya casi cumplo 33 años. El dolor más profundo que he sentido en muchos años fue cuando al cumplir 32 me hicieron un tatuaje en el pecho. En un momento me di cuenta que no terminaría pronto. El dolor alarga el tiempo, infinitamente. Durante unas horas te acostumbras a la idea de que no terminará. Sostenía la mirada en el techo y veía sin ver el blancuzco programa de manchas y telarañas del lugar. La música se pierde, pero te irrita cada género posible en la sesión. La tatuadora te odia, no se apresura, no hace nada más por tu silenciosa agonía mas que seguir y seguir, pensando ella en hacer bien su trabajo, pensando tú en que le da placer tu silencio. 

¿Qué habrán pensado los torturadores del Ungido y de los miles y miles de prisioneros y desaparecidos de nuestros pobres (de dinero) países y continentes? Hace años el documental The Act of Killing (2012) nos mostró como un país entero puede convertirlos en grandes estrellas que complacen a su público rememorando con lujo de detalle como acababan personalmente con la amenaza comunista. Hombres normales, comunes y corrientes que gustan de pasearse por las calles de su nación, con la cabeza en el pasado y sus cuerpos maduros a un paso de la senectud, con lentes oscuros y camisas de seda. El Ungido miró hacia sus torturadores y vio a hombres comunes y de mirada dorada de todas las razas habidas y por haber. Se dio cuenta de que estos hombres tenían una capacidad similar a la de él, poder ver todos los tiempos habidos y por haber casi como si fueran el mismo. Cuando un látigo con navajas le arrancó un pedazo de carne, el Ungido bajó la mirada del cielo y los cerró fuerte, no pudo escuchar su propio grito ni el calor de su propia sangre escurriendo por su piel. Todo fue oscuro.

¿Por qué? ¿Por qué debía renovarlo todo? Hacer las cosas nuevas, cada rincón del cosmos, se preguntó. Debió levantar un instante la mirada mientras más carne le era arrancada de la espalda. Un disparo en el pecho en una escuela de Bolivia, los arrancados en una escuela de mecánica en Argentina, obligado a cantar con un ojo de sangre en la garganta, con las uñas arrancadas en un calabozo tropical, sintiendo choques eléctricos en la vagina, la violación de miles de millones de perros entrenados, su piel tatuada desollada en una clínica en Baviera. El tiempo se estira, se prolonga hasta el infinito, el dolor y la sangre de derrama por la línea del tiempo que nos hacen memorizar en las aulas escolares. Año 0 después de Cristo.