Nostalgia. Parte 2

Hace unas semanas una ex novia y amiga me contactó. Regresó de Estados Unidos y entre los muchos pendientes que tenía que arreglar en el país, me pidió que le facilitara un viejo texto que escribí hace once años. En esos días yo tenía una cafetería que vendía poco o nada. Eli y yo nos conocimos por la mediación de un amigo mutuo, Alexis, y tuvimos química desde un principio. La química se convirtió en atracción. Éramos muy pequeños, de 19 y 23. La primera señal de amor vino con un beso que ella me robó después de haberle leído unos pasajes del texto. Ese amor fue intermitente, algo breve, intenso, brillante al grado de ser una llama que se apagó muy pronto. Cuando fue nuestra primera vez también fue la de ella. Sus nervios la delataban, creo que yo fui el primer hombre que la vio completamente desnuda. Pero hasta la fecha, ninguno de los dos puede negar que hubo una llama de amor al abrazarnos sudados, compenetrados, ebrios sin una gota de alcohol.

El texto lo perdí hace mucho. Busqué y busqué entre libretas antiguas y no encontré ni una sola página relacionada. Era el prototipo de novela llamado Flor de fresa y durazno, que nació como el guión de una trilogía de cortometrajes que se desarrollarían en un departamento. Alexis desarrollaría los cortometrajes 1 y 3, yo el 2. Era la historia sobre dos mujeres que inventaban personajes que ellas mismas actuaban, salían a ligar hombres y los llevaban al departamento donde continúaban con la mascarada. Al abandonar el proyecto de cortometrajes, al no poder encontrar dinero para la producción, yo retomé la idea y la intenté desarrollar como una novela. Hay algunas escenas que recuerdo con un poco más de claridad que las otras. Una de ellas es que una de las personajes protagónicas tiene su primera vez mirando el techo, donde ve un enorme jardín creciendo invertido y donde las flores tocan sus pies y piernas desnudas, con un riachuelo corriendole por el torso.

Al no poder encontrar el texto, pensé en reescribirlo para ella. Pero me senté al menos ocho veces frente a la computadora a componer un texto, cualquiera, para complacer su deseo. Me imaginé que ya no volvería a México con tanta frecuencia y querría llevarse algo mío, ese texto en especial que fue el que ayudó a crear ese vínculo. Fueron días lluviosos como en los que escribo esto que fue la última salida que tuvimos, hace 10 años. Esa tarde llovió afuera del Ex Convento de Santa Teresa, donde fuimos a ver un performance redundante que abandonamos después de media hora. Yo saboreaba en mi boca una y otra vez su perfume que ahora he olvidado. (Seguramente lo he olido en otros cuellos, en otras calles, pero he olvidado su color). Salimos del edificio colonial y nos encontramos con un pequeño espectaculo de luminaria publica que manaba del asfalto. Unas cuantas fotos y luego una más sentados en una banca de acero que ya no existe en ese sitio. Su mano con la mía, su mente en otro lado, la mía dentro de alguna historia o lo que viviríamos en el futuro. Poco después, entre varios mensajes más, me dijo que ya no deseaba salir conmigo. No recuerdo como lo tomé. Conociendome, algún dueto de cello y piano sonó dentro de mi cabeza.

Y aunque nos hablamos, buscamos, nos evitamos con el paso de los años, de alguna forma ella mantenía ese recuerdo por mi, el cual conservé, pero guardé en algún rincón de mi corazón entre la necesidad de olvidar tantas cosas, tantos momentos y personas. Como una vez me dijo alguien, «eres un hombre que recuerda en un mundo donde la mayoría quiere olvidar». Y así como el personaje de Borges, no podía pensar.

Cuando le conté el por qué no le había entregado el texto, ella me comentó que ya se iba a casar, su prometido la había alcanzado hasta México y le daría un tour, así que no podríamos vernos para entregarle el texto. Ella es la última de las mujeres que más he amado y la última en casarse. No puedo negar que me dan un poco de celos, ya que un par de veces en los años anteriores habíamos hablamos sobre un futuro matrimonio, tener hijos, ser una familia viajera. Ahora ese ya no es mi deseo. Hasta eso, andar en bicicleta me ha dado una perspectiva diferente, adheresado a que he tratado de trabajar mucho en mi educación sentimental y emocional. Ya no pensar tanto como el adolescente enamoradizo que era. Ha rendido frutos.

Cuando Eli y yo salíamos había un gran temor a la muerte y la violencia. Los días eran planos y al mismo tiempo cíclicos. Las rotativas y las calles se llenaban de fotografías de muertos, la tinta roja corría por las banquetas de la ciudad. Las voces, murmullos que hablaban con detalle sobre los mitos y verdades de la muerte en las afueras, lo que había traido una guerra que se sabía perdida desde un principio. Y aún en ese México de muerte, brotaron una flor de fresa y otra de durazno en los pies de dos jovencitos que se amaron como el agua del río y el mar.

Ahora los tiempos del coronavirus han sido un estanque en medio de la niebla. Hace un año seguía recuperandome de un colapso nervioso que me causó el estrés, la soledad, el aislamiento y beber demasiado para hacer frente a esos sentimientos. Impresionante para mi fue al final del año, ya que volví a encontrar el amor en la piel, ojos y voz de una persona que jamás me hubiera imaginado. Pero así como llegó, se fue, como el sueño antes de despertar en año nuevo. Hace una semana me vacunaron y el presente eterno al que descendimos el año pasado ha clareado. Y en nuestro mundo ciberpunk, aun sigue habiendo un futuro brumoso, amenazando a ser igual que el día de ayer, antier, un mañana repetido como el abrir una puerta y entrar en la misma habitación. Pero el cuarteto sigue sonando en mi cabeza como conducido por Dustin O’Halloran.

Son los días en que ya no quiero adentrarme en las aguas de mi pasado, de amores que nunca olvidaré pero que no volverán. Es como estar en una barca, navegando un mar de luces nocturnas mientras la tierra se ve a lo lejos y hay un enorme festival. He navegado bastante tiempo, pero no quiero regresar al continente del que vengo, quiero navegar hacia otras islas. Sé que por el momento lo haré solo. No siento rencor contra nadie, ni contra mi mismo. Le desee lo mejor a Eli con una cierta felicidad y gusto que hubiera sido doloroso para mi yo de hace diez años. Son esos recuerdos que uno creería que son una fantasía producto de la soledad que pasé en los meses del año pasado. Sucedieron, somos parte de la historia del uno y del otro. La vacuna y la sintomatología de la semana pasada fueron un umbral enorme e imperceptible. No estamos a salvo, nunca lo estaremos del todo. Más cosas vendrán y nos azotarán con una fuerza a la medida de cada uno.

No recuerdo el final de Flor de fresa y durazno. Es más, no recuerdo haber pensado en uno.

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Nostalgia. Parte 1

Trece años he vivido bajo una nostalgia constante. El 2008 fue uno de los años más profundos que he tenido en mi vida, un antes y después en mi persona, en mi escritura y mis ideas. Lobo Antunes dijo en una entrevista que el escritor que pierde la memoria, lo pierde todo. Entonces a mis 21 años se reforzó y enraizó mi necesidad de escribir, para reproducir todo lo que viví ese año. En el 2007 había escrito algunos cuentos que giraban alrededor de la memoria. Muchos de ellos los perdí entre computadoras, otros aún los tengo en algún archivo perdido en la nube, pero me avergüenza un poco releerlos.

Pero las olas de nostalgia llegan con el aroma del viento, el calor de la tarde, la lluvia intensa que moja las calles, con las horas mágicas que mi cabeza ha modificado tanto que me parecen hermosamente irreconocibles.

Este año fui al Vive Latino, poco antes de que se impusiera el distanciamiento social y el semáforo rojo. Fui con Ika, una vieja amiga con la que tuve una relación romántica muy profunda hace 13 años y que considero una de las mujeres que más he amado en mi vida. Ahora sólo somos amigos, pero vivimos años con sentimientos intensos y, muchas veces más, encontrados. Escuchamos a Porter, Zoé, Babasónicos, unos covers de Soda que tocó una banda desconocida pero muy buena, todos en los escenarios montados sobre la pista de carreras que se abrían alrededor del Foro Sol, a un par de kilómetros donde Ika vivía en el 2008, en el sillón donde mirábamos películas abrazados o yo jugueteaba con su delgado y blanco vientre mientras escuchábamos música a media luz.

La noche cayó entre presentaciones. Había alcohol en mis venas y estómago desde antes de entrar, pero nunca me subió la sangre al corazón y la cara para dejarme hundir en la nostalgia y su luz mágica y fría, cuando sentados en las gradas miramos las luces de los celulares encenderse con la noche de lienzo. Miles de ellas encendidas como una constelación artificial y mágica para un espectáculo barato como siempre es Zoé. No miré a Ika. Ella estaba ocupada con sus amigos que nos alcanzaron en la presentación de Porter. No tenía razón para mirarla con esos ojos que se clavan en las cuencas y que aún brillaban al haberse apagado las luces. Hace muchos años entendí que mi nostalgia es personal, a nadie más le importa.

Hace un par de años entendí que las historias contadas en una tarde de cervezas o un café en un encuentro con viejos amigos no son suficientes. Ellos no imaginan tu historia, es difícil transmitir tus sentimientos, sensaciones, imágenes, descripciones en una charla. Ellos tienen las suyas, sus memorias. Se imaginan su propia historia que les estás recordando con la tuya. Mucho tiempo conté una y otra vez las historias con May Muñoz e Ika en el 2008 hasta que yo me cansé de contarlas. Incluso yo me pregunté hasta qué punto todo era real o ficción, qué viví y qué mi cabeza y corazón “remasterizaron” como lo hacían con las horas mágicas de muchas tardes en ese año.

Fue un año sentimentalmente duro y complejo, donde viví los días más hermosos del amor, pero también los más desesperadamente solitarios, confusos y oscuros de mi primera adultez. No había respuestas claras, sólo el vómito de mi corazón como sangre y palabras sin forma que escupía por mi boca. Claramente ahora lo veo. Creo que estaba a miles de kilómetros de la claridad para escribir sobre lo qué sentía, pensaba, los días y noches con May e Ika, con los amores perdidos.

En las gradas, miré a Ika a mi lado. Me preguntó si estaba enojado. Le respondí que no, que estaba disfrutando el espectáculo. Lo disfrutaba todo, sonriendo discretamente. No iba a contarle ya sobre mis recuerdos, esos me los guardaba para mi. Ya no vomitaría sangre en las calles por la noche. Vomitaría sobre hojas de papel.